Editorial
Vol. 25 - Núm. 3
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En una editorial reciente, publicada en el número anterior de esta revista, expuse mi posición en relación con la crisis que atraviesan las instituciones que representan a los profesionales de la salud. Una crisis que se inscribe en un marco más amplio: el de la crisis de casi todas las instituciones modernas, cuya solidez caracterizó la historia de buena parte del mundo desde el siglo XVIII y cuya declinación define y moldea el inicio de la llamada posmodernidad.
En una editorial anterior a la mencionada, también publicada en estas páginas, planteaba los principales objetivos que nos propusimos al inicio de la presente gestión, hoy prácticamente finalizada: consolidar la territorialidad de la APAL en la República Dominicana mediante la construcción de un sistema administrativo estable, capaz de sostenerse en las siguientes administraciones; fortalecer los vínculos entre las sociedades nacionales que la componen; perfeccionar la oferta científica y académica en el marco de la formación médica continua; y posicionar a nuestra asociación continental como interlocutora privilegiada de las instituciones nacionales y supranacionales encargadas de diseñar políticas públicas en el área de la salud y, en particular, de la salud mental.
Con satisfacción, puedo afirmar que hemos cumplido con los objetivos que nos propusimos, a pesar de los obstáculos, algunos esperados y otros impredecibles. No es sencilla la tarea de representar a más de treinta y cinco mil psiquiatras de todo un continente. Y, en esa tarea, el equipo lo es todo.
Fue siempre una aspiración de la APAL consolidar su institucionalidad. Ese proyecto, pendiente desde su fundación en 1960, fue tomando forma hasta alcanzar una concreción significativa durante la presidencia de Enrique Bojórquez Giraldo. Se eligió a la República Dominicana entre otras opciones por motivos que considero sólidos y válidos. Desde entonces, la APAL cuenta con personería jurídica, estatutos aprobados por las autoridades competentes de la República Dominicana, una cuenta bancaria y profesionales técnicos encargados de realizar las formalidades administrativas correspondientes. Sin duda, se trata de un paso importante en la modernización y actualización de una asociación continental que, hasta ese momento, funcionaba en condiciones de informalidad.
Hemos logrado fortalecer los vínculos entre las asociaciones que forman parte de la APAL, a pesar de las épocas difíciles que nos toca vivir. Todos los países que integran nuestra asociación atraviesan coyunturas nacionales complejas, y esto lo sabemos muy bien los latinoamericanos. Estas coyunturas se reflejan en el funcionamiento de cada asociación nacional, pero valoramos enormemente el esfuerzo por contribuir, desde cada país, al fortalecimiento de una mirada colectiva y latinoamericana de la salud mental.
Las épocas han cambiado mucho desde 1960, año de la fundación de nuestra entidad, y es probable que en el futuro resulte necesario revisar y actualizar objetivos, estatutos y modalidades de funcionamiento —incluido el sistema electoral— para estimular un mayor interés y una participación más activa de las sociedades miembro, ofreciendo mejores canales de intervención, deliberación y propuesta.
Durante estos dos años hemos ofrecido cursos virtuales, jornadas presenciales y actividades híbridas, con una recepción muy favorable y una repercusión notable en muchos de nuestros países. Existe una clara necesidad de cursos de actualización, especialmente entre los colegas jóvenes, una oferta que es necesario perfeccionar e intensificar. A esto se suman las nuevas exigencias para la recertificación de los diplomas de especialistas, que requieren créditos otorgados por instituciones respaldadas por una trayectoria académica reconocida.
La crisis de financiamiento de las asociaciones nacionales, continentales y mundiales es ya una realidad indiscutible. Las explicaciones son múltiples y no es el objetivo de esta editorial analizarlas. Solo quisiera señalar que esta dificultad afecta no solo a las entidades de la sociedad civil sin fines de lucro, como la APAL, sino también a entidades estatales y supraestatales cuyos presupuestos se ven reducidos día tras día en nuestro continente.
Los vínculos con entidades que eventualmente podrían aportar recursos para la realización de eventos científicos suelen interrumpirse cada dos años, después de una trabajosa construcción, debido a los cambios de gestión, jurisdicción, ubicación geográfica y usos y costumbres de cada país que ejerce la presidencia. Es urgente construir un sistema creativo y estable de financiación que permita sostener una mínima continuidad de objetivos y propósitos.
Tenemos territorialidad jurídica, cuenta bancaria oficial y estatutos legalizados. No tenemos, en cambio, un sistema estable, coherente y continuo de financiamiento que permita afrontar los gastos necesarios para desarrollar una actividad científica eficiente: equipos técnicos de transmisión, pasajes de avión, alojamiento, organización de eventos, grabación, edición y difusión de las actividades, entre otros. Todo ello debe resolverse con recursos que exceden ampliamente los ingresos por cuotas societarias, que, además, no son constantes ni están garantizados.
Hemos logrado establecer un vínculo prometedor con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que permite augurar futuras colaboraciones y cuya continuidad deberá asumir la presidencia que suceda a la presente. De profundizarse este vínculo, estaríamos logrando uno de nuestros mayores objetivos: contribuir, desde nuestras entidades nacionales, al diseño de políticas de salud mental para nuestras necesitadas poblaciones.
Las Secciones de la APAL han sido actualizadas y ampliadas de un modo inédito en los últimos años, gracias a la labor de nuestro responsable de Secciones y a la entusiasta colaboración de innumerables colegas de distintas naciones que decidieron integrarlas y darles vida. Hemos sido testigos de reuniones con cientos de participantes en cada una de las propuestas, que muestran no solo un interés creciente, sino también una necesidad que merece cuidado y acompañamiento.
Agradezco a los colegas uruguayos la organización conjunta (APAL/SPU) de las Jornadas sobre uso de psicodélicos en Psiquiatría, en junio de 2026, un encuentro inédito y de indiscutible importancia para comprender los nuevos caminos que se abren en el tratamiento de algunos trastornos y padecimientos mentales. Es indispensable estimular estas nuevas búsquedas, porque algunas respuestas vendrán, sin duda, de rincones antes desconocidos.
La APAL ha organizado también, en septiembre de este mismo año, una jornada de actualización y formación que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires y que contó con cientos de inscriptos, presenciales y virtuales, de todo el continente. Con el nombre de Jornadas Pre-Congreso APAL 2026, esta actividad se llevó a cabo como preparación del congreso que pronto celebraremos en la ciudad de Cartagena de Indias, República de Colombia.
Agradezco muy especialmente las invitaciones a participar en los congresos nacionales de las asociaciones que pertenecen a la APAL, encuentros en los que siempre se conjugan formación, ciencia, fraternidad y amistad.
Quisiera detenerme, finalmente, en una reflexión que considero de absoluta centralidad para comprender el funcionamiento de nuestra institución.
La APAL es una asociación de segundo grado: sus miembros son las asociaciones nacionales que la componen, y no los profesionales individuales de cada país. Ninguna persona puede postularse a la presidencia de la APAL a título individual, sin contar con la propuesta firme, comprometida y formal de una asociación nacional miembro, aprobada por su Comisión Directiva. No se trata de un detalle de forma. Tanto es así que las presidencias de la APAL no se identifican con el apellido de quien las ejerce, sino con el nombre del país que presentó la candidatura. El presidente gestiona; la asociación proponente es la titular de la presidencia.
Por lo tanto, constituye una obligación política, estatutaria, formal y moral de dicha asociación organizar el congreso bienal y respaldar la gestión venidera en todos los sentidos posibles —político, administrativo, institucional e incluso financiero—, trabajando sinérgicamente para que el período resulte productivo y se ajuste a los objetivos institucionales de alcance continental.
Los cambios en las presidencias de las asociaciones proponentes y sus crisis internas suelen poner en riesgo esta colaboración indispensable. Se trata de una colaboración asumida en el mismo momento en que se presenta una candidatura y ratificada cuando se obtiene el voto mayoritario de la asamblea. Cuando ese compromiso se debilita o desaparece, la gestión de la APAL queda suspendida en una suerte de limbo espacio-temporal, semejante a la situación de aquellas compañías teatrales que, sin territorio fijo, recorrían los pueblos ofreciendo sus funciones.
La territorialidad jurídica de nuestra asociación constituye un avance, pero sus efectos son, por ahora, fundamentalmente formales: garantiza una cuenta bancaria, personería jurídica y existencia institucional. No asegura, en cambio, las condiciones materiales necesarias para el funcionamiento efectivo de la entidad ni para la realización de eventos concretos y transformadores.
Debo decirlo con claridad: esta presidencia argentina (2024-2026) no contó con el apoyo de la asociación nacional que presentó la candidatura, en ninguno de los sentidos mencionados. Hago sinceros votos para que esta inadmisible situación no se repita durante la presidencia que sigue, correspondiente a Colombia.
A diferencia de las instituciones jerárquicas, como el ejército, en las que el ascenso suele constituir el destino natural —con mayor o menor gloria—, las instituciones democráticas se caracterizan por la rotación. Quien no comprenda este principio básico no comprende la democracia. Y, como solía decir un recordado expresidente argentino, los problemas de la democracia se resuelven con más democracia.
La democracia es participación, debate, colaboración, humildad, generosidad y construcción de objetivos comunes. No alcanza con invocarla: es necesario ejercerla y sostenerla mediante prácticas institucionales concretas.
Agradezco profundamente al Comité Ejecutivo que acompañó e integró esta gestión; a la Secretaria General y al Secretario de Finanzas; a las Secciones y a su coordinador; a los tres coordinadores regionales; y a la revista, hoy indexada y revalorizada, y a su director, Rodrigo Córdoba, por el acompañamiento y la publicación de estas reflexiones. Agradezco también a los presidentes de las asociaciones nacionales que colaboraron con ideas, propuestas y participación.
En un mundo cada vez más complejo, una asociación como la APAL debe ponerse a la cabeza del proceso de análisis, comprensión y formulación de propuestas para construir un mundo más justo y equitativo. Sin esas condiciones, hablar de salud mental corre el riesgo de convertirse en un ejercicio estéril.
América Latina necesita de la APAL, y continuar la labor de construirla diariamente es, hoy, tarea de quienes siguen, con todo el apoyo de quienes los precedimos.
Santiago A. Levín
Buenos Aires, octubre de 2026.
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